Un buen día, en el concejo aprobaron la ley que ponía fin a años de opresión y contaminación. En un esfuerzo por limpiar el aire de la ciudad y los pulmones de la gente de a pie, finalmente decidieron lanzar una campaña de efectividad absoluta en contra del consumo de cigarrillo. Decidieron que para fomentar la tolerancia y el respeto, la ciudad toda iba a tener su zona de fumadores, una sola, enorme y exclusiva para ellos. Nunca más se fumaría fuera de esa zona, correctamente delimitada por mallas de alambre, que se alternaban cada 100 metros con una amplia extensión de acrílico grueso, en el que se podía leer a kilómetros de distancia la inscripción “Metropolitan Smoking Lounge”, y debajo de ella “Zona metropolitana para fumadores”.
Por fuerza de la novedad tanto como de la adicción, muchos fueron atraídos hacia esa zona, en un punto alejado de la ciudad, pero en un sitio agradable. Muchos empresarios quisieron apropiarse del patrocinio completo, y algunos incluso propusieron cobrar por la entrada, pero se les recordó que también había fumadores pobres, por tanto era un despropósito. Lo que sí era claro era que los restaurantes que abrieran sus franquicias en el Smoking Lounge tendrían que pagar un alto precio por los locales, y por lo tanto cobrar un precio considerable por las comidas que sirvieran, pero muchos alegaron en cambio que esto no era nada distinto a lo que pasaba en las zonas de la ciudad libres de humo. De hecho llegaron a argumentar que tal vez todo debería ser más barato para prevenir la quiebra, porque la gente buena y respetable no era amiga de tener vicios y eso hasta los fumadores podrían verlo: ¿qué podría ser más privilegio que un restaurante, una calle libre de humo? Después de muchas deliberaciones decidieron dejar los precios iguales en uno y otro lado.
Pero las cosas no fueron tan fáciles. Mucha gente todavía no sabía de la existencia de la Zona y a menudo se podía ver a alguien fumando por las calles de los no fumadores. Al que pescaban lo invitaban de manera muy amistosa a apagarlo en un cenicero que posteriormente le regalaban, y le contaban sobre la nueva ley de la ciudad y su Zona de Fumadores Metropolitana, para luego tomar todos sus datos. Le entregaban un panfleto y lo dejaban ir. Normalmente eran policías cívicos en chaleco reflectivo, a veces eran policías de verdad, pero a ellos también les gustaba fumar, entonces muchos pidieron el traslado a la Zona como patrulleros. Esto le dio una muy buena idea a los paladines de la lucha contra el tabaquismo.
En llave con algunas urbanizadoras, empezaron a fraguarse zonas residenciales dentro de la Zona, a las que algunos ciudadanos se trastearon, convencidos de que el mundo era un mejor lugar cuando uno podía escoger entre fumar y no fumar, y enseñar a sus niños sobre los peligros del cigarrillo. Sin embargo no tuvo la acogida que se esperaba, pues muchos fumadores no podían acceder a cambiar de apartamento, o no conseguían nada de lo que hubieran querido dentro de la Zona. Fue entonces que empezó la verdadera presión. Volantes llenos de consignas en contra de los fumadores empezaron a rodar bajo las puertas de todas las casas. Carteles insultantes con frases de todo tipo, desde “Pulmones limpios, cabeza clara, corazón bondadoso” hasta “Por una ciudad que no huela a chicote”. Incluso un artista conceptual muy reconocido hizo una señal gigante de “No Smoking” en la mitad de una plaza pública. La señal brillaba de noche y se levantaba varios metros por encima del piso. Con el tiempo la alcaldía de la ciudad nombró esa obra de arte su estandarte político, y la gente empezó a dividirse entre fumadores y no fumadores. Se perpetraron algunos crímenes de odio, que consistían muchas veces en soltar humo artificial de discoteca dentro de la casa de algún fumador reconocido, o verter canecas llenas de colillas en las entradas, o por las ventanas abiertas de sus residencias.
Un día un joven activista del aire (uno de tantos grupos nacientes en la oleada de anti fumadores) decidió tomar acciones radicales y quemó el pelo de una señora que iba fumando por un andén. Las autoridades no hicieron gran cosa, pese a los gritos desesperados de la mujer, que acababa de salir de la peluquería y tenía su peinado nuevo todo lleno de hairspray. No sufrió herida alguna, pero el daño a su pelo iba a tardar un buen tiempo en recuperarse. El joven después confesó que llevaba siguiendo a esta señora durante algunos días, porque había arrojado una colilla al frente de uno de sus restaurantes favoritos. La mujer, de unos 40 años, recurrió a las oficinas jurídicas instaladas en la Zona en busca de apoyo en su pugna por castigar a su agresor. Cuando llegó, los abogados y jueces de esa parte de la ciudad quisieron ayudarla de todo corazón, pero sostenían que el alcalde de la Zona era el mismo que el alcalde del resto de la ciudad, y que por lo tanto no iba a fructificar mucho el proceso. Desesperanzada, la mujer decidió irse a vivir a la Zona, abandonando su hermosos apartamento en la ciudad. Cuando arrancó el camión de trasteos, una pequeña manifestación de vecinos despidió el cargamento con toda serie de ofensas y escupitajos, deseando a la mujer que no volviera nunca más. Con ese episodio empezaría el verdadero éxodo de los fumadores.
Mientras las hordas de fumadores se trasteaban hacia el Smoking Lounge, los arquitectos pensaban en más y mejores formas de diseñar apartamentos que atrajeran al público que por oleadas iban llegando. En la Zona, los inmigrantes eran recibidos por las voces roncas y los dientes amarillentos de sus compañeros fumadores. Las calles no tenían colillas ni olía a cigarrillo reposado, había parques y restaurantes, un centro comercial y otro en construcción, los niños no fumaban y cuando lo hacían era asunto de sus familias, que los reprendían tan duramente como si hubieran faltado un día al colegio. Al parecer la vida en esta parte de la ciudad iba a ser buena, pero nadie podía evitar sentir el aislamiento, como si vivieran en una isla.
Solo una cosa no había en el Smoking Lounge: una clínica equipada para el tratamiento del cáncer. Muchas veces había querido construirse siguiendo la más elemental de las lógicas, pero la alcaldía había enredado una y otra vez los trámites necesarios, a través de los curadores urbanos. Cuando no era la burocracia lo que se interponía, eran los médicos. Unos, porque se negaban a trabajar con gente que hubiera escogido como opción de vida tener cáncer, y porque no querían que su ropa toda llegara oliendo a cigarrillo. Otros consideraban que era un despropósito hacer en una zona de fumadores un lugar en el que no se pudiera fumar, y otros con mejores intenciones sostenían que una curación era muy difícil si la raíz del problema seguía al salir de la clínica, en las calles, los bares, las casas, etc. Los residentes de la Zona (en constante crecimiento) se demoraron en darse cuenta de esta carencia, pues el primer caso de cáncer registrado se dio mucho tiempo después, y fue un caso de cáncer pancreático en una residente del centro, que había llegado hacía cuatro meses al Lounge, después de haber sido abucheada por todos los asistentes a un teatro por salir a fumar a la calle en el intermedio.
Cuando descubrieron el cáncer de la mujer, una abogada de unos 50 años que un día empezó a vomitar incontrolablemente, se apresuraron a llevarla a la única clínica en la zona, en donde le diagnosticaron un estado avanzado de la enfermedad, declarándose además incapacitados para tratarla. Corrieron pues hacia fuera de los muros de acrílico y malla (ahora todo llenos de graffittis), para encontrarse con que había un bouncer a la puerta. Se hacía llamar bouncer, pero tenía más pinta de policía que de otra cosa. Los miró a través de sus gafas de sol, como se mira a un insecto. Desde la ambulancia le dijeron que por favor se apartara, que tenían prisa, y él les respondió que sin un salvoconducto no podía permitirles salir de la zona. Cuando le dijeron que se trataba de un caso grave, se encogió de hombros y les dijo que no podía hacer nada al respecto. Enfurecidos, arremetieron contra el guardia, que se quitó de un salto, mientras ellos derribaban una barrera de madera que habían puesto trancándoles el paso. Llegaron por fin a un hospital, y tuvieron que llenar una forma en donde el tercer punto, en seguida del nombre y el número del documento de identidad preguntaba si se trataba de un fumador o de un no fumador. Horrorizados y ofendidos llenaron la planilla y esperaron por atención para la mujer, que cada vez más palidecía en la sala de emergencias. Dos horas después, habiendo soportado todo tipo de imprecaciones y palabras grotescas, llamaron a la abogada al consultorio de un médico general, que la sentó durante una media hora a decirle las implicaciones que su regreso a la ciudad “normal”, como se empecinaba en llamarla, tendría en su vida. Le dijo también que si finalmente ella era una partidaria de la auto destrucción no había razones por las cuales debiera necesariamente ser tratada de un cáncer. La mujer entre sollozos le dijo que no se trataba de un cáncer de pulmón ni de garganta ni de lengua ni nada relacionado con el cigarrillo y el médico sorprendido la envió al ala de oncología, no sin antes pedirle permiso para redactar un ensayo sobre el cáncer relacionado al cigarrillo en zonas del cuerpo ajenas al proceso de fumar.
Debilitada más por la decepción y la ofensa que por la enfermedad, la mujer fue internada en el hospital. Pasados dos meses de su estadía, la ansiedad se hizo insoportable y decidió aventurarse a fumar en la calle justo en frente, durante una salida colectiva de los enfermos. El silencio general solo pudo aumentar la tensión de ese momento. Unos activistas arrojaron desde una station wagon una bolsa de agua, apuntando a la cara de la fumadora, logrando apagar el cigarrillo entre los chillidos de emoción de la gente que empezaba a agruparse y a gritarle que se marchara de vuelta a su Zona infecta de roncos y desdentados. Incluso un viejo que no tenía un incisivo le decía en voz chillona que el cáncer eran ellos, los fumadores. La mujer hizo de tripas corazón y prendió otro cigarrillo, soplándole todo el humo a los que más cerca estaban, sin importarle la reacción que pudiera generar. Sus acosadores, estupefactos, se detuvieron un momento. Unos, con los ojos llorosos de la ira, se dispusieron a pegarle, mientras que otros no pudieron seguir y rogaron a los otros que abandonaran a la mujer, que finalmente esa era una muerte que ella se estaba buscando, que no era humano atacar a una enferma de cáncer, que el cigarrillo deteriora los músculos y que no podría defenderse, etcétera, etcétera. Entre protestas se fueron alejando y ella los veía alejarse, hasta que de repente uno de ellos, un joven de unos 23 años, se devolvió caminando hacia ella y la llevó a una zona apartada del parque que se encontraba sobre ese andén, al frente del hospital. Una vez llegaron le pidió una probada del cigarrillo que todavía ardía entre sus dedos. Cuando aspiró el humo la tos no se hizo esperar, pero un brillo cruzo por los ojos del joven, que no pudo contenerse y aspiró una vez más. Le dio las gracias entre mareado y sorprendido y se alejó con pasos torpes hacia el gimnasio al que habían ido sus amigos. Dos meses después, la Abogada volvía curada al Smoking Lounge, en donde la esperaban todos sus amigos y vecinos, que crecían en número. Les contó durante horas su experiencia en el otro lado, en medio de las carcajadas de los fumadores, que a ratos desembocaban en accesos de tos, sin que esto impidiera que ellos se divirtieran de lo lindo evocando las caras de horror de los no fumadores y el mareo del joven aquel que probó un poco del cigarrillo.
Ese mismo joven llegó unos días después, buscando errático quién le vendiera un cigarrillo. No había podido dejar de pensar en el amargo sabor del humo y sentía unas ganas enormes de probar otra vez, así fuera solo un poco. Cuando fue a buscar a la paciente al hospital y supo que no estaba, había decidido aventurarse hacia el Lounge, a escondidas de sus amigos. Los habitantes de la Zona encontraron ternura en la petición desesperada e ingenua del joven, y lo invitaron a sentarse. Le dieron un cigarrillo (que no se le niega a nadie) y le preguntaron sobre su vida. Su nombre era Diego, y toda su vida había sido deportista. A sus 19 años, cuando se creó la Zona, se había vuelto un activista del aire y un joven de la vida, como se hacían llamar los miembros de otro grupo. Confesó, con lágrimas en los ojos (más de horror por las retaliaciones que por culpa verdadera) que había participado en muchas malas jugadas contra fumadores. El día en que le pidió un poco a la abogada frente al hospital, lo hizo porque cuando ella les había soplado el humo a la cara, el olor no le había molestado para nada; se había dado cuenta de que nunca en su vida había olido el humo de un cigarrillo y decidió darse una oportunidad. Los fumadores que se habían reunido en torno a él le ofrecieron otro cigarrillo, pero él no lo aceptó, porque todavía se encontraba mareado por el efecto del primero, y todos los habitantes de la zona evocaron transportados el mareo de los primeros cigarrillos. Suspiraron nostálgicos y se dispusieron a seguir su camino, dejando a Diego solo en el parque. A los dos días volvió, llevando consigo a dos amigos curiosos por probar el sabor del cigarrillo, sorprendidos de que los niños no fumaran, y el aire no oliera a colillas. Aspiraron un par de veces cada uno del mismo cigarrillo light y se devolvieron encantados, despidiéndose con amplias señas de los amables fumadores, prometiendo volver y llevando medio paquete cada uno en el bolsillo de sus pantalones. Nadie sospechaba que esa tarde tan plácida incubara en su interior el comienzo de días tan oscuros.
Semanas después del encuentro furtivo con los curiosos jóvenes, que nunca habían vuelto, vieron llegar los fumadores un carro con los vidrios polarizados, que despacio recorría las calles céntricas de la zona, como buscando algo. Días más tarde algunos señores provistos de micrófonos, walkie-talkies y chalecos reflectivos atravesaron la barrera, sin poder eliminar de sus caras un rictus de asco y mirando a cada persona como a través de un microscopio. Por fin, al final de la siguiente semana reunieron a los líderes comunales en la plaza y les dijeron lo que sucedía: un joven, conocido activista de la ciudad normal, como se empecinaba en llamarla, había sido descubierto fumando a escondidas detrás de un árbol en el parque. Al principio sospecharon de las jóvenes fumadoras, que hubieran podido engatusar al joven para caer en tan inmundos vicios, pero sus pesquisas, y un detallado interrogatorio llevado a cabo por el guardián del parque, les permitió determinar que muy seguramente se trataba de un traficante, que residía tras la barrera de malla y acrílico, por tanto necesitaban llevarlo a la ley, bajo el cargo de daños personales. Uno de los líderes, que había estado con Diego cuando había llegado buscando tan desesperadamente un cigarrillo, dio un paso al frente y con toda naturalidad dijo que no existía tal traficante, y relató el episodio paso a paso, sin saltarse un detalle. La expresión en la cara de los policías cívicos fue transportándose del asco al horror, y luego a la ira. Sin palabras, se montaron en su carro y se marcharon de la Zona.
Un mes después el aire estaba realmente viciado en todas partes de la ciudad, dentro y fuera de la zona. Se dijo repetidamente que los fumadores, al igual que el cáncer que parecían adorar en sus templos de perdición, se estaba filtrando nuevamente en la vida de los normales, como se hacían llamar ahora, creando un tumor de jóvenes fumadores que en la sombra acometían el asqueroso ritual que años antes había separado a la ciudad, escupiendo en la cara del concejo, del alcalde, de sus vecinos, de todos. Era la gota que rebasaba la copa (aunque muchos fumadores se preguntaban de qué copa estarían hablando). Hordas de arquitectos, topógrafos, ingenieros y policías, todos usando sobre sus caras un tapabocas de papel filtro, llegaron al Lounge con el objetivo de poner en marcha el último proyecto del concejo de la ciudad: la Zona iba a ser techada y aislada definitivamente, para evitar el contacto entre los residentes de una y otra parte de la ciudad.
No tardó mucho en organizarse una resistencia, e indignados los fumadores lanzaron un comunicado por smoke TV, un canal privado otorgado por el estado que muy poca gente veía hasta ese día. El comunicado llamaba a la gente a la resistencia contra el techaje de la Zona. No era posible que se les tratara como animales, o como si el Lounge fuera un campo de concentración. Esa idea retumbó en las cabezas erizadas de los fumadores, que se dispusieron a hacer algo para evitar el aislamiento definitivo. Días después los participantes en la redacción del comunicado y el fumador que lo leyó por el canal de televisión fueron despedidos de sus trabajos y llevados a una penitenciaría, de la que salieron unas horas después. Los fumadores esperaron hasta la noche y se reunieron en la capilla de la Zona para concretar un plan de acción.
Luego de mucho discutir, decidieron abandonar el Lounge y buscar nuevas ciudades más civilizadas, en las que pudieran compartir con los no fumadores y conocer nuevas personas, nuevos restaurantes, nuevas zonas para fumadores. Montaron los únicos dos buses, cogieron los pocos carros que aún funcionaban y desencadenaron las bicicletas (en la Zona todo quedaba cerca y no había ni taxis), dispuestos a partir, buscando un nuevo lugar para hacer sus vidas tranquilamente. Los primeros en arrancar lograron apenas salir con su vida a cuestas, mientras que los rezagados fueron obligados a quedarse con gritos y amenazas. La ciudad no se iba a hacer responsable por expandir el drama del tabaquismo a otras ciudades y de ahora en adelante esta sería su residencia permanente. Si tanto querían aspirar ese humo putrefacto, que lo hicieran en un lugar en el que tuvieran que hacerse responsables por ello, les gustara o no. Además, añadieron, en las otras ciudades habían aplaudido a rabiar su iniciativa y ahora todas las ciudades principales tenían una zona de fumadores; hasta en la capital, que tantos habitantes tenía y seguramente tantos fumadores, iba a empezar a construir tres zonas en distintos puntos de la ciudad. Los fumadores que no pudieron salir llamaron desde sus celulares a los que huían despavoridos, pero no parecía haber señal. Cuando horas después uno de ellos logró conectar con alguno de los emigrantes, las noticias ya no eran nuevas. Llegando a las ciudades les habían preguntado si fumaban, y de inmediato los habían enviado a una Zona, en condiciones muy parecidas a las de allá.
La ansiedad y la angustia cundieron en los grupos de fumadores que, aterrados, miraban a un lado y al otro, tratando de imaginar en su tristeza ese techo nefasto que pronto cerraría el cielo del Lounge, pensaron en los años que llevaban allá huyendo de la gente de afuera, refugiados en esa jaula de elegante acrílico. No podían más. Se levantó el primero y se dirigió hacia la muralla. Luego de tres advertencias los bouncers dispararon. Cuando se desplomó este primero se pararon tres, luego cinco, luego doce, y así, hasta que todos estaban en pie. Esperaron a que llegara la noche y se reunieron todos, con las pocas armas que habían podido recolectar. Querían trazar un plan de acción que pudiera ser llevado a cabo con la mayor celeridad posible, si bien ellos no tenían tanta capacidad pulmonar como sus opresores. Como no se les ocurrió nada, simplemente contrataron varios camiones de acarreos y embistieron con todas sus fuerzas. Cogieron desprevenidos a los guardias, dispararon apenas 4 balas y mataron a uno. Los otros, heridos, se rindieron de inmediato. Siguieron la avanzada hacia la ciudad, en sus camiones, que transportaban todas sus pertenencias. Salvada la pequeña distancia que los separaba del centro, empezaron a ver cómo los “normales” huían despavoridos. Unos gritaban que lo habían advertido, otros les echaba maldiciones y unos policías les dispararon sin atinar.
Se dirigieron a toda velocidad a la plaza principal, entre concesionarios de carros y edificios de las tabacaleras y derribaron la maldita obra de arte, que cayó con estruendo de metal. Enfilaron los camiones hacia el edificio de la alcaldía, se bajaron iracundos y exigieron ver al alcalde. Pero el alcalde se encontraba en otra ciudad, dando una conferencia sobre las Zonas Metropolitanas para Fumadores y no volvería sino al día siguiente, por lo que los enfurecidos subversivos se sentaron al pie de sus camiones y prendieron un cigarrillo mientras esperaban al alcalde o al ejército, lo que llegara primero.
Por fuerza de la novedad tanto como de la adicción, muchos fueron atraídos hacia esa zona, en un punto alejado de la ciudad, pero en un sitio agradable. Muchos empresarios quisieron apropiarse del patrocinio completo, y algunos incluso propusieron cobrar por la entrada, pero se les recordó que también había fumadores pobres, por tanto era un despropósito. Lo que sí era claro era que los restaurantes que abrieran sus franquicias en el Smoking Lounge tendrían que pagar un alto precio por los locales, y por lo tanto cobrar un precio considerable por las comidas que sirvieran, pero muchos alegaron en cambio que esto no era nada distinto a lo que pasaba en las zonas de la ciudad libres de humo. De hecho llegaron a argumentar que tal vez todo debería ser más barato para prevenir la quiebra, porque la gente buena y respetable no era amiga de tener vicios y eso hasta los fumadores podrían verlo: ¿qué podría ser más privilegio que un restaurante, una calle libre de humo? Después de muchas deliberaciones decidieron dejar los precios iguales en uno y otro lado.
Pero las cosas no fueron tan fáciles. Mucha gente todavía no sabía de la existencia de la Zona y a menudo se podía ver a alguien fumando por las calles de los no fumadores. Al que pescaban lo invitaban de manera muy amistosa a apagarlo en un cenicero que posteriormente le regalaban, y le contaban sobre la nueva ley de la ciudad y su Zona de Fumadores Metropolitana, para luego tomar todos sus datos. Le entregaban un panfleto y lo dejaban ir. Normalmente eran policías cívicos en chaleco reflectivo, a veces eran policías de verdad, pero a ellos también les gustaba fumar, entonces muchos pidieron el traslado a la Zona como patrulleros. Esto le dio una muy buena idea a los paladines de la lucha contra el tabaquismo.
En llave con algunas urbanizadoras, empezaron a fraguarse zonas residenciales dentro de la Zona, a las que algunos ciudadanos se trastearon, convencidos de que el mundo era un mejor lugar cuando uno podía escoger entre fumar y no fumar, y enseñar a sus niños sobre los peligros del cigarrillo. Sin embargo no tuvo la acogida que se esperaba, pues muchos fumadores no podían acceder a cambiar de apartamento, o no conseguían nada de lo que hubieran querido dentro de la Zona. Fue entonces que empezó la verdadera presión. Volantes llenos de consignas en contra de los fumadores empezaron a rodar bajo las puertas de todas las casas. Carteles insultantes con frases de todo tipo, desde “Pulmones limpios, cabeza clara, corazón bondadoso” hasta “Por una ciudad que no huela a chicote”. Incluso un artista conceptual muy reconocido hizo una señal gigante de “No Smoking” en la mitad de una plaza pública. La señal brillaba de noche y se levantaba varios metros por encima del piso. Con el tiempo la alcaldía de la ciudad nombró esa obra de arte su estandarte político, y la gente empezó a dividirse entre fumadores y no fumadores. Se perpetraron algunos crímenes de odio, que consistían muchas veces en soltar humo artificial de discoteca dentro de la casa de algún fumador reconocido, o verter canecas llenas de colillas en las entradas, o por las ventanas abiertas de sus residencias.
Un día un joven activista del aire (uno de tantos grupos nacientes en la oleada de anti fumadores) decidió tomar acciones radicales y quemó el pelo de una señora que iba fumando por un andén. Las autoridades no hicieron gran cosa, pese a los gritos desesperados de la mujer, que acababa de salir de la peluquería y tenía su peinado nuevo todo lleno de hairspray. No sufrió herida alguna, pero el daño a su pelo iba a tardar un buen tiempo en recuperarse. El joven después confesó que llevaba siguiendo a esta señora durante algunos días, porque había arrojado una colilla al frente de uno de sus restaurantes favoritos. La mujer, de unos 40 años, recurrió a las oficinas jurídicas instaladas en la Zona en busca de apoyo en su pugna por castigar a su agresor. Cuando llegó, los abogados y jueces de esa parte de la ciudad quisieron ayudarla de todo corazón, pero sostenían que el alcalde de la Zona era el mismo que el alcalde del resto de la ciudad, y que por lo tanto no iba a fructificar mucho el proceso. Desesperanzada, la mujer decidió irse a vivir a la Zona, abandonando su hermosos apartamento en la ciudad. Cuando arrancó el camión de trasteos, una pequeña manifestación de vecinos despidió el cargamento con toda serie de ofensas y escupitajos, deseando a la mujer que no volviera nunca más. Con ese episodio empezaría el verdadero éxodo de los fumadores.
Mientras las hordas de fumadores se trasteaban hacia el Smoking Lounge, los arquitectos pensaban en más y mejores formas de diseñar apartamentos que atrajeran al público que por oleadas iban llegando. En la Zona, los inmigrantes eran recibidos por las voces roncas y los dientes amarillentos de sus compañeros fumadores. Las calles no tenían colillas ni olía a cigarrillo reposado, había parques y restaurantes, un centro comercial y otro en construcción, los niños no fumaban y cuando lo hacían era asunto de sus familias, que los reprendían tan duramente como si hubieran faltado un día al colegio. Al parecer la vida en esta parte de la ciudad iba a ser buena, pero nadie podía evitar sentir el aislamiento, como si vivieran en una isla.
Solo una cosa no había en el Smoking Lounge: una clínica equipada para el tratamiento del cáncer. Muchas veces había querido construirse siguiendo la más elemental de las lógicas, pero la alcaldía había enredado una y otra vez los trámites necesarios, a través de los curadores urbanos. Cuando no era la burocracia lo que se interponía, eran los médicos. Unos, porque se negaban a trabajar con gente que hubiera escogido como opción de vida tener cáncer, y porque no querían que su ropa toda llegara oliendo a cigarrillo. Otros consideraban que era un despropósito hacer en una zona de fumadores un lugar en el que no se pudiera fumar, y otros con mejores intenciones sostenían que una curación era muy difícil si la raíz del problema seguía al salir de la clínica, en las calles, los bares, las casas, etc. Los residentes de la Zona (en constante crecimiento) se demoraron en darse cuenta de esta carencia, pues el primer caso de cáncer registrado se dio mucho tiempo después, y fue un caso de cáncer pancreático en una residente del centro, que había llegado hacía cuatro meses al Lounge, después de haber sido abucheada por todos los asistentes a un teatro por salir a fumar a la calle en el intermedio.
Cuando descubrieron el cáncer de la mujer, una abogada de unos 50 años que un día empezó a vomitar incontrolablemente, se apresuraron a llevarla a la única clínica en la zona, en donde le diagnosticaron un estado avanzado de la enfermedad, declarándose además incapacitados para tratarla. Corrieron pues hacia fuera de los muros de acrílico y malla (ahora todo llenos de graffittis), para encontrarse con que había un bouncer a la puerta. Se hacía llamar bouncer, pero tenía más pinta de policía que de otra cosa. Los miró a través de sus gafas de sol, como se mira a un insecto. Desde la ambulancia le dijeron que por favor se apartara, que tenían prisa, y él les respondió que sin un salvoconducto no podía permitirles salir de la zona. Cuando le dijeron que se trataba de un caso grave, se encogió de hombros y les dijo que no podía hacer nada al respecto. Enfurecidos, arremetieron contra el guardia, que se quitó de un salto, mientras ellos derribaban una barrera de madera que habían puesto trancándoles el paso. Llegaron por fin a un hospital, y tuvieron que llenar una forma en donde el tercer punto, en seguida del nombre y el número del documento de identidad preguntaba si se trataba de un fumador o de un no fumador. Horrorizados y ofendidos llenaron la planilla y esperaron por atención para la mujer, que cada vez más palidecía en la sala de emergencias. Dos horas después, habiendo soportado todo tipo de imprecaciones y palabras grotescas, llamaron a la abogada al consultorio de un médico general, que la sentó durante una media hora a decirle las implicaciones que su regreso a la ciudad “normal”, como se empecinaba en llamarla, tendría en su vida. Le dijo también que si finalmente ella era una partidaria de la auto destrucción no había razones por las cuales debiera necesariamente ser tratada de un cáncer. La mujer entre sollozos le dijo que no se trataba de un cáncer de pulmón ni de garganta ni de lengua ni nada relacionado con el cigarrillo y el médico sorprendido la envió al ala de oncología, no sin antes pedirle permiso para redactar un ensayo sobre el cáncer relacionado al cigarrillo en zonas del cuerpo ajenas al proceso de fumar.
Debilitada más por la decepción y la ofensa que por la enfermedad, la mujer fue internada en el hospital. Pasados dos meses de su estadía, la ansiedad se hizo insoportable y decidió aventurarse a fumar en la calle justo en frente, durante una salida colectiva de los enfermos. El silencio general solo pudo aumentar la tensión de ese momento. Unos activistas arrojaron desde una station wagon una bolsa de agua, apuntando a la cara de la fumadora, logrando apagar el cigarrillo entre los chillidos de emoción de la gente que empezaba a agruparse y a gritarle que se marchara de vuelta a su Zona infecta de roncos y desdentados. Incluso un viejo que no tenía un incisivo le decía en voz chillona que el cáncer eran ellos, los fumadores. La mujer hizo de tripas corazón y prendió otro cigarrillo, soplándole todo el humo a los que más cerca estaban, sin importarle la reacción que pudiera generar. Sus acosadores, estupefactos, se detuvieron un momento. Unos, con los ojos llorosos de la ira, se dispusieron a pegarle, mientras que otros no pudieron seguir y rogaron a los otros que abandonaran a la mujer, que finalmente esa era una muerte que ella se estaba buscando, que no era humano atacar a una enferma de cáncer, que el cigarrillo deteriora los músculos y que no podría defenderse, etcétera, etcétera. Entre protestas se fueron alejando y ella los veía alejarse, hasta que de repente uno de ellos, un joven de unos 23 años, se devolvió caminando hacia ella y la llevó a una zona apartada del parque que se encontraba sobre ese andén, al frente del hospital. Una vez llegaron le pidió una probada del cigarrillo que todavía ardía entre sus dedos. Cuando aspiró el humo la tos no se hizo esperar, pero un brillo cruzo por los ojos del joven, que no pudo contenerse y aspiró una vez más. Le dio las gracias entre mareado y sorprendido y se alejó con pasos torpes hacia el gimnasio al que habían ido sus amigos. Dos meses después, la Abogada volvía curada al Smoking Lounge, en donde la esperaban todos sus amigos y vecinos, que crecían en número. Les contó durante horas su experiencia en el otro lado, en medio de las carcajadas de los fumadores, que a ratos desembocaban en accesos de tos, sin que esto impidiera que ellos se divirtieran de lo lindo evocando las caras de horror de los no fumadores y el mareo del joven aquel que probó un poco del cigarrillo.
Ese mismo joven llegó unos días después, buscando errático quién le vendiera un cigarrillo. No había podido dejar de pensar en el amargo sabor del humo y sentía unas ganas enormes de probar otra vez, así fuera solo un poco. Cuando fue a buscar a la paciente al hospital y supo que no estaba, había decidido aventurarse hacia el Lounge, a escondidas de sus amigos. Los habitantes de la Zona encontraron ternura en la petición desesperada e ingenua del joven, y lo invitaron a sentarse. Le dieron un cigarrillo (que no se le niega a nadie) y le preguntaron sobre su vida. Su nombre era Diego, y toda su vida había sido deportista. A sus 19 años, cuando se creó la Zona, se había vuelto un activista del aire y un joven de la vida, como se hacían llamar los miembros de otro grupo. Confesó, con lágrimas en los ojos (más de horror por las retaliaciones que por culpa verdadera) que había participado en muchas malas jugadas contra fumadores. El día en que le pidió un poco a la abogada frente al hospital, lo hizo porque cuando ella les había soplado el humo a la cara, el olor no le había molestado para nada; se había dado cuenta de que nunca en su vida había olido el humo de un cigarrillo y decidió darse una oportunidad. Los fumadores que se habían reunido en torno a él le ofrecieron otro cigarrillo, pero él no lo aceptó, porque todavía se encontraba mareado por el efecto del primero, y todos los habitantes de la zona evocaron transportados el mareo de los primeros cigarrillos. Suspiraron nostálgicos y se dispusieron a seguir su camino, dejando a Diego solo en el parque. A los dos días volvió, llevando consigo a dos amigos curiosos por probar el sabor del cigarrillo, sorprendidos de que los niños no fumaran, y el aire no oliera a colillas. Aspiraron un par de veces cada uno del mismo cigarrillo light y se devolvieron encantados, despidiéndose con amplias señas de los amables fumadores, prometiendo volver y llevando medio paquete cada uno en el bolsillo de sus pantalones. Nadie sospechaba que esa tarde tan plácida incubara en su interior el comienzo de días tan oscuros.
Semanas después del encuentro furtivo con los curiosos jóvenes, que nunca habían vuelto, vieron llegar los fumadores un carro con los vidrios polarizados, que despacio recorría las calles céntricas de la zona, como buscando algo. Días más tarde algunos señores provistos de micrófonos, walkie-talkies y chalecos reflectivos atravesaron la barrera, sin poder eliminar de sus caras un rictus de asco y mirando a cada persona como a través de un microscopio. Por fin, al final de la siguiente semana reunieron a los líderes comunales en la plaza y les dijeron lo que sucedía: un joven, conocido activista de la ciudad normal, como se empecinaba en llamarla, había sido descubierto fumando a escondidas detrás de un árbol en el parque. Al principio sospecharon de las jóvenes fumadoras, que hubieran podido engatusar al joven para caer en tan inmundos vicios, pero sus pesquisas, y un detallado interrogatorio llevado a cabo por el guardián del parque, les permitió determinar que muy seguramente se trataba de un traficante, que residía tras la barrera de malla y acrílico, por tanto necesitaban llevarlo a la ley, bajo el cargo de daños personales. Uno de los líderes, que había estado con Diego cuando había llegado buscando tan desesperadamente un cigarrillo, dio un paso al frente y con toda naturalidad dijo que no existía tal traficante, y relató el episodio paso a paso, sin saltarse un detalle. La expresión en la cara de los policías cívicos fue transportándose del asco al horror, y luego a la ira. Sin palabras, se montaron en su carro y se marcharon de la Zona.
Un mes después el aire estaba realmente viciado en todas partes de la ciudad, dentro y fuera de la zona. Se dijo repetidamente que los fumadores, al igual que el cáncer que parecían adorar en sus templos de perdición, se estaba filtrando nuevamente en la vida de los normales, como se hacían llamar ahora, creando un tumor de jóvenes fumadores que en la sombra acometían el asqueroso ritual que años antes había separado a la ciudad, escupiendo en la cara del concejo, del alcalde, de sus vecinos, de todos. Era la gota que rebasaba la copa (aunque muchos fumadores se preguntaban de qué copa estarían hablando). Hordas de arquitectos, topógrafos, ingenieros y policías, todos usando sobre sus caras un tapabocas de papel filtro, llegaron al Lounge con el objetivo de poner en marcha el último proyecto del concejo de la ciudad: la Zona iba a ser techada y aislada definitivamente, para evitar el contacto entre los residentes de una y otra parte de la ciudad.
No tardó mucho en organizarse una resistencia, e indignados los fumadores lanzaron un comunicado por smoke TV, un canal privado otorgado por el estado que muy poca gente veía hasta ese día. El comunicado llamaba a la gente a la resistencia contra el techaje de la Zona. No era posible que se les tratara como animales, o como si el Lounge fuera un campo de concentración. Esa idea retumbó en las cabezas erizadas de los fumadores, que se dispusieron a hacer algo para evitar el aislamiento definitivo. Días después los participantes en la redacción del comunicado y el fumador que lo leyó por el canal de televisión fueron despedidos de sus trabajos y llevados a una penitenciaría, de la que salieron unas horas después. Los fumadores esperaron hasta la noche y se reunieron en la capilla de la Zona para concretar un plan de acción.
Luego de mucho discutir, decidieron abandonar el Lounge y buscar nuevas ciudades más civilizadas, en las que pudieran compartir con los no fumadores y conocer nuevas personas, nuevos restaurantes, nuevas zonas para fumadores. Montaron los únicos dos buses, cogieron los pocos carros que aún funcionaban y desencadenaron las bicicletas (en la Zona todo quedaba cerca y no había ni taxis), dispuestos a partir, buscando un nuevo lugar para hacer sus vidas tranquilamente. Los primeros en arrancar lograron apenas salir con su vida a cuestas, mientras que los rezagados fueron obligados a quedarse con gritos y amenazas. La ciudad no se iba a hacer responsable por expandir el drama del tabaquismo a otras ciudades y de ahora en adelante esta sería su residencia permanente. Si tanto querían aspirar ese humo putrefacto, que lo hicieran en un lugar en el que tuvieran que hacerse responsables por ello, les gustara o no. Además, añadieron, en las otras ciudades habían aplaudido a rabiar su iniciativa y ahora todas las ciudades principales tenían una zona de fumadores; hasta en la capital, que tantos habitantes tenía y seguramente tantos fumadores, iba a empezar a construir tres zonas en distintos puntos de la ciudad. Los fumadores que no pudieron salir llamaron desde sus celulares a los que huían despavoridos, pero no parecía haber señal. Cuando horas después uno de ellos logró conectar con alguno de los emigrantes, las noticias ya no eran nuevas. Llegando a las ciudades les habían preguntado si fumaban, y de inmediato los habían enviado a una Zona, en condiciones muy parecidas a las de allá.
La ansiedad y la angustia cundieron en los grupos de fumadores que, aterrados, miraban a un lado y al otro, tratando de imaginar en su tristeza ese techo nefasto que pronto cerraría el cielo del Lounge, pensaron en los años que llevaban allá huyendo de la gente de afuera, refugiados en esa jaula de elegante acrílico. No podían más. Se levantó el primero y se dirigió hacia la muralla. Luego de tres advertencias los bouncers dispararon. Cuando se desplomó este primero se pararon tres, luego cinco, luego doce, y así, hasta que todos estaban en pie. Esperaron a que llegara la noche y se reunieron todos, con las pocas armas que habían podido recolectar. Querían trazar un plan de acción que pudiera ser llevado a cabo con la mayor celeridad posible, si bien ellos no tenían tanta capacidad pulmonar como sus opresores. Como no se les ocurrió nada, simplemente contrataron varios camiones de acarreos y embistieron con todas sus fuerzas. Cogieron desprevenidos a los guardias, dispararon apenas 4 balas y mataron a uno. Los otros, heridos, se rindieron de inmediato. Siguieron la avanzada hacia la ciudad, en sus camiones, que transportaban todas sus pertenencias. Salvada la pequeña distancia que los separaba del centro, empezaron a ver cómo los “normales” huían despavoridos. Unos gritaban que lo habían advertido, otros les echaba maldiciones y unos policías les dispararon sin atinar.
Se dirigieron a toda velocidad a la plaza principal, entre concesionarios de carros y edificios de las tabacaleras y derribaron la maldita obra de arte, que cayó con estruendo de metal. Enfilaron los camiones hacia el edificio de la alcaldía, se bajaron iracundos y exigieron ver al alcalde. Pero el alcalde se encontraba en otra ciudad, dando una conferencia sobre las Zonas Metropolitanas para Fumadores y no volvería sino al día siguiente, por lo que los enfurecidos subversivos se sentaron al pie de sus camiones y prendieron un cigarrillo mientras esperaban al alcalde o al ejército, lo que llegara primero.
Santiaog Rivas
2 comentarios:
muy bueno rivas, me gustó mucho como está escrito, y el final abierto me pareció del putas.
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